NACIONALISMO Y VIOLENCIA (I y II)

NBBko PRESIDENTE OHIA JOSE ANTONIO URBIOLA MATXINANDIARENAK EDERKI ERAIKITAKO ETA ELIKATUTAKO HAUSNARKETA MAMITSUA ESKAINTZEN DIGU ARTIKULU HONETAN, BERTAN BEHERA UTZI NAHIAN ABERTZALETASUNA ETA BIOLENTZIA MAILA BEREAN JARTZEN DUTENEN ARGUDIO KASKARRAK.

 

JOSE ANTONIO URBIOLA MATXINANDIARENA, EXPRESIDENTE DEL NBB, HACE UNA REFLEXIÓN BIEN CONSTRUIDA Y MEJOR ALIMENTADA SOBRE EL EMPEÑO DE ALGUNOS EN EQUIPARAR NACIONALISMO A VIOLENCIA.

NACIONALISMO Y VIOLENCIA (I)

 

“Un fantasma recorre las chancillerías de Europa. Y no sólo las chancillerías, sino también los parlamentos, la prensa, las universidades y la así llamada “opinión pública” en general. Y no sólo de Europa, sino del mundo entero. No se trata del espectro del que hablaban Marx y Engels en su Manifiesto de hace siglo y medio. El fantasma que ahora atemoriza a gobiernos, parlamentos, periodistas e intelectuales muestra rasgos muy diferentes del anunciado por los comunistas: es el fantasma del nacionalismo. Parece que cualquier persona decente ha de atribuirle la responsabilidad por las calamidades que tanto hacen sufrir a la humanidad actualmente”. Así comenzaba en 2002 su Manifiesto Nacionalista el profesor Moulines, catedrático de Filosofía, Lógica y Teoría de la Ciencia en la universidad de Munich, y no le faltaba razón.

Por un lado, la última década del s. XX había sido testigo de una especie de lluvia de nuevas naciones:  En 1991, Estonia, Letonia, Lituania, Eslovenia y Chechenia. En 1992 Croacia y Bosnia-Herzegovina. En 1993 Chequia y Eslovaquia. Además, en 1998, el Tratado de Stormont firmado por el Reino Unido e Irlanda reconoce expresamente el Derecho de Autodeterminación al pueblo de Irlanda del Norte. Más tarde vendrá Kosovo, el sur de Uganda y ya entrado el s. XXI el fantasma recorre las tierras de Escocia. Y todo ello a pesar de que en Yalta pretendieron haber fijado el mapa del mundo.

Por otro lado, es evidente el oportunismo y la falta de rigor con que los defensores del status quo estatal atribuyen al nacionalismo la responsabilidad de todas las guerras y conflicto que en este mundo son. “Nacionalismo igual a violencia”, se atreven a decir. “Se es nacionalista contra los demás” afirma Vargas Llosa. Para Amando de Miguel el nacionalismo es una enfermedad del sentimiento político en el que, casi siempre, late un impulso agresivo de rechazo dela diversidad. Enotro terreno menos “intelectual” y si se tiene suficiente paciencia y se es capaz de soportar la aberración, en pequeñas dosis, basta con oír y leer a tertulianos y columnista de todos conocidos y uno, nacionalista confeso e irreductible, no solamente no se siente identificado con lo que oye o lee, sino que se siente exactamente en las antípodas.

El nacionalismo que nos enseñaron  hace ya más de medio siglo D. Manuel Irujo, Landaburu, Monzón, Ajuriaguerra  etc. (nuestro nacionalismo)  no va contra nadie; sólo reclama para sí lo que reconoce para los demás: el derecho de la comunidad  con la que se identifica a disponer de su propio estado y con el espíritu de Iparraguirre, “Eman ta zabal zazu munduan frutua”. Y no sólo no rechaza la diversidad, sino que se considera, en este mundo de globalización uniformadora, la mejor garantía (por no decir la única) para el mantenimiento de esa diversidad, que consideramos imprescindible por aquello del “valor intrínseco de la pluralidad del ser” que diría Moulines. La diversidad es el signo de la vida y de la creación, criticaban a la Ilustración.

¿Cómo es posible que tanta diferencia se defina con un solo término? Jaffrelot  lo atribuye a un “fracaso terminológico”. El profesor Moulines es más preciso: “ las discusiones en torno a esta temática se han solido llevar a tal nivel de indigencia conceptual que el término “nacionalismo”, como programa de afirmación de una nación, se ha usado indistintamente tanto para la afirmación defensiva como para la agresiva de una nación frente a otra u otras. Con lo cual se mete en el mismo saco, pongamos por caso, el programa supuestamente nacionalista de Hitler y el programa genuinamente nacionalista de Gandhi. Y esa indigencia conceptual, continua  Moulines, “proviene simplemente de la confusión deontológica elemental entre la afirmación del derecho de existencia de una nación y la negación del derecho a la existencia de otras naciones”; y resuelve el problema proponiendo definir como “nacionalismo” a la primera afirmación y denominando a la negación opuesta simplemente “imperialismo” o, de manera más exacta, “hegemonismo”.

Parece correcta la diferenciación y hasta la RAE parece aceptarla: La segunda acepción que figura en su vigesimoprimera edición referente a la voz  Nacionalismo(“Doctrina que exalta en todos los órdenes…”),  más propia del Chauvinismo, desaparece en la vigesimotercera edición en la que aparecen dos acepciones con las que sí nos identificamos: 1)”Sentimiento fervoroso de pertenencia a una nación y de identificación con su realidad y con su historia”. 2) “Ideología de un pueblo que, afirmando su naturaleza de nación, aspira a constituirse como Estado”. ¿A quién puede ofender esto? En todo caso la diferenciación, además de correcta, parece indispensable para saber de qué hablamos en cada momento. “Lo que tiene nombre, existe” y no es conveniente confundir con el mismo nombre conceptos esencialmente diferentes.

Pero no nos confundamos tampoco nosotros: Esa indigencia conceptual habrá existido, sin duda, y seguirá existiendo en ciertas gentes de buena fe;  pero lo que predomina es un ardor guerrero de corte imperialista, de confundir y de utilizar la confusión como verdadera “arma de guerra” contra el adversario político o simplemente ideológico, que no comulga con aquello de “ande o no ande patria  grande”; y la han utilizado y la siguen utilizando tanto y tantos que para Alain Renaut el nacionalismo se convierte en “testimonio de una obstinación paradójica que  parece haber resistido victoriosamente a las temáticas cosmopolitas e internacionalistas”.

El Estado se debilita; la nación (y, por lo tanto, el nacionalismo) resiste y se consolida. Por lo menos el nuestro.

 

Jose Antonio Urbiola Matxinandiarena

Ex Presidente del PNV de Navarra

 

NACIONALISMO Y VIOLENCIA (II)

 

“Nacionalismo igual a violencia” se atreve a decir el jacobinismo español; y es en este punto donde su ardor guerrero alcanza las máximas cotas de vehemente intransigencia interesada, que les permite meter en el mismo saco a libertadores y liberticidas en un intento de hacer pasar de rondón su histórica condición de liberticidas.

Naturalmente que cuando hablan de nacionalismo se refieren al de otros, al de los demás, casi siempre al nacionalismo vasco, porque ellos dicen no ser nacionalistas e incluso se ofenden si alguno les considera como tales. Y a lo mejor tienen razón. ¿Quién sabe?; a lo mejor su subconsciente ha captado eso de la indigencia conceptual y saben que no se merecen el calificativo de nacionalistas; que el suyo hay que buscarlo entre hegemonistas, imperialistas, chauvinistas, jacobinos etc. o varios de ellos a la vez.

Nacionalismo no es igual a violencia. El nacionalismo no es ni más ni menos que ese sentimiento fervoroso al que se refiere la RAE y con el que ocurre lo mismo que con cualquier otro sentimiento; que, correctamente encauzado, puede resultar muy creativo pero que si se le deforma o reprime puede resultar destructivo y ello, hablando del nacionalismo y aquí, puede depender más del gobierno en el poder que de la propia voluntad de los nacionalistas. Ya lo advertía Mill: “Es característico de ellas (las naciones) que deseen disponer de un Estado propio, en tanto que instrumento jurídico-político para defender su identidad nacional y desarrollarla”. Y, justamente, cuando no lo logran, generalmente debido a coacciones externas, suele manifestarse, al menos en una porción considerable de sus miembros, la intensa emoción que conduce al “nacionalismo combativo”. Es lo que ha pasado en el Estado español y en la mayoría de los estados plurinacionales de Europa, tal vez con las únicas excepciones de Finlandia y Suiza; y es lo que explica, por ejemplo, la diferencia entre lo que sucedió en la antigua Checoslovaquiay lo sucedido en la antigua Yugoslavia. Porlo que respecta al Estado español es posible que si en el proceso de su constitución como “estado moderno”  en vez de limitarse a malcopiar el modelo “Montagnard” los constituyentes hubiesen elegido un modelo más acorde con el espíritu  que expresaba aquello de “las Españas” (“los pueblos constituyentes” se utilizó en Bosnia-Herzegovina) un modelo como, por ejemplo, el que ya existía en Suiza (como pacto confederativo, desde 1815) o simplemente si hubiesen echado mano del sistema del plebiscito que ya había sido usado porla Revolución Francesa, es posible digo, que nos hubiésemos ahorrado todos los horrores que este nuestro país ha sufrido desde 1833 hasta nuestros días.

 Pudo ser pero no fue. ¿Por qué? H.Taine cree que “en el espíritu francés hay una tendencia anómala hacia la centralización administrativa que ha permitido la instauración de un acuartelamiento administrativo”. Nos suena especialmente lo de acuartelamiento y es que los constituyentes españoles fueron discípulos, ni tan aventajados, de los franceses; de algunos franceses, de Tocqueville no.

Nacionalismo no es igual a violencia. Hay que repetirlo una y mil veces. Naturalmente puede suceder como sucedió en la Alemania de entreguerras, que el Tratado  de Versalles de 1918 acabara siendo manipulado por el “super-hegemonismo” nacionalsocialista de Hitler o, como también cita Moulines, “la peligrosa tendencia al hegemonismo de algunos sectores del nacionalismo croata durante la guerra de los Balcanes”. Puede suceder y, de hecho, ha sucedido y sigue sucediendo. En Euskal Herria lo sabemos bien pero sin que tengamos que pasarnos, como pretenden, el resto de nuestra vida auto flagelándonos porque también sucedió que en nombre de la Libertad, la Igualdad y la Fraternidad se llegó en 1793 al Terror o que en nombre de la justicia social se llegó a Stalin, Mao o Pol Pot y no digamos nada de hasta donde se ha llegado en nombre de las religiones, ni de hasta donde llegó el franquismo por no hablar de hasta donde serían capaces de llegar los que, hoy, se niegan a condenarlo cuando no se dedican a justificarlo.

De todos modos, llama la atención esa especial fogosidad con que desde el PSOE y filiales se dedican a rivalizar con el PP y Cia. a la hora de demonizar al nacionalismo vasco en su conjunto y en su historia como germen intrínseco de violencia, como si antes de Sabino Arana, en este país, no hubiese pasado nada.  Aunque hayan abandonado prácticamente todos los principios del Marxismo-Leninismo, habrá que recordarles que fue en nombre del socialismo como surgieron y cobraron vida principios como “lucha de clases”, “violencia proletaria” etc. No vamos a generalizar y no los vamos a hacer corresponsables de todo la violencia, incluso terrorista, que en nombre de la “justicia social” se ha cometido y se sigue cometiendo en el mundo, pero sí hay que recordarles la que ellos mismos cometieron, no precisamente en defensa de esa “justicia social”, en defensa de un Estado “burgués” decimonónico y caduco (solo que sepamos hasta ahora): Los GAL.

No. El nacionalismo no tiene por qué ser violencia. El nacionalismo hoy y aquí es autogobierno y si el autogobierno es bienestar; el nacionalismo hoy y aquí es bienestar y es progreso.

 

 

Jose Antonio Urbiola Matxinandiarena

Ex Presidente del PNV de Navarra

 

 

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Una respuesta a “NACIONALISMO Y VIOLENCIA (I y II)

  1. Muy interesantes los artículos escritos por el señor Urbiola. Y es que, desde diversos medios de comunicación españoles venimos escuchando en los últimos tiempos expresiones que apuntan al nacionalismo en general, y al nacionalismo vasco en particular, de ser un sentimiento y proyecto político excluyente.¡¡¡Vaya!!! ahora parece que nosotros, afiliados o simpatizantes del PNV y nacionalistas vascos en general somos excluyentes y ellos en cambio, no, claro, porque son patriotas, no nacionalistas.

    El nacionalismo moderado y democrático que representa el PNV en la actualidad es el claro reflejo de la evolución que el sentimiento nacionalista ha vivido desde su nacimineto allá por el siglo XIX de la mano de los hermanos Arana Goiriy en especial, de Sabino. El discruso actual del PNV es muy diferente, obviamente, del discurso que formulaban los primeros nacionalistas en la mencionada centuria del XIX, envueltos en un sentimiento romántico protagonizado en Euskadi por autores como Txomin Agirre. ¿O acaso el PSOE actual comparte el discurso pronunciado por su fundador, Pablo Iglesias, ante el Congreso de los Diputados en 1910 y en el que éste justifica la violencia cuando la legalidad vigente “no les permita realizar sus aspiraciones”?

    En definitva, en consonancia con lo establecido por Urbiola, hoy el nacionalismo en sinónimo de autogobierno y por ende, de bienestar social y como decía Stuart Mill, “cuando existe el sentimiento de nacionalidad en los individuos disgregados de un pueblo hay una razón prima facie para unirlos a todos bajo el mismo Gobierno y bajo un Gobierno adecuado”

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