Y un Dickens que nos lo cuente

   La crisis que nos azota con su paro galopante, la pobreza, el advertido desamparo del Estado, las insolentes fortunas de los cada vez más ricos, la sensación creciente del sálvese quien pueda, la irrupción de noticias en las que los delitos económicos se llevan los titulares…, está pidiendo a gritos un cronista que nos lo cuente desde la profundidad de visión que da la literatura. Charles Dickens, quien tal día como hoy nació en Portsmouth hace 200 años, fue el fedatario literario y social de la crisis que engendró la Revolución Industrial en Inglaterra cuando se amasaban fortunas a costa de la explotación de la mano de obra y del expolio colonial. Ninguna mejor descripción que las suyas sobre la explotación infantil (David Copperfield), la avaricia (Canción de Navidad), la injusticia, el desgobierno y la corrupción (La pequeña Dorrit), los conflictos sociales y el crecimiento desordenado de las grandes ciudades (Historia de dos ciudades), el sub-mundo de delincuentes, prostitutas, pedigüeños (Oliver Twist). Son situaciones y hechos que se producen tanto en momentos de crecimiento económico como de depresión, del mismo modo en el Londres victoriano, capital del mayor imperio de la historia, que en Calcuta o Lagos, sumideros del mayor abigarramiento humano en la actualidad en tantas cosas no muy diferentes al Londres de 1822, en cuyo Támesis flotaban restos de perros y caballos muertos que los pobres recogían para alimentarse con las consiguientes epidemias de tifus y peste y en el que la familia Dickens se estableció.

   Haciendo buena la máxima de que la experiencia es la madre de la ciencia, y adelantándose al consejo del fotógrafo Cappa: “Si quieres una buena foto habrás de acercar lo máximo posible el objetivo”, Dickens escribió sobre lo que mejor conocía porque, además de testigo, lo había sufrido en sus propias carnes y por haberlo observado desde la inmersión: sus solitarios paseos nocturnos de hasta 20 kilómetros por el Londres periférico y más sórdido le dieron la información y el contexto sin necesidad de intermediarios, por eso encuentro de los más acertado el título El observador solitario elegido para su biografía por Peter Ackroyd en la recientemente publicada en castellano por Edhasa. El padre de Dickens era un funcionario civil de la Pagaduría de la Marina Real británica con recursos suficientes como para mantener una esposa, prole de tres hijos, una cuñada casadera y dos empleadas de servicio; dicharachero, petulante, quizá jugador, también era derrochador. Un préstamo que no pudo devolver y un panadero que le exigía el pago de 40 libras, le condujeron a la cárcel de Marshalsea (Londres), donde ingresó como deudor insolvente, un delito muy común en aquella época, calculándose entre treinta y cuarenta mil reclusos anuales al amparo de la Insolvent Debtors’Act o Ley de Deudores Insolventes. Resulta curioso a nuestros ojos que el recluso pudiera permanecer en prisión junto con su familia, que es lo que ocurrió con los Dickens. Todos menos Charles, quien con 12 años recién cumplidos se vio obligado a trabajar en la fábrica de betunes Warren que regentaba un familiar suyo en una casa destartalada e infestada de ratas a orillas del Támesis. Su trabajo consistía en “cubrir los tarros de pasta de betún con papel de parafina y luego, con un trozo de papel de color azul, atar un cordel alrededor y recortar con esmero y limpieza el papel sobrante”. No se sabe con certeza la duración de este empleo, quizá año y medio; sabemos que durante las catorce semanas que duró la prisión de su padre -y por añadidura de su familia-, el niño obrero Dickens, luego de trabajar doce horas diarias, caminaba hasta la prisión, cenaba con sus padres y hermanas y regresaba a su pensión. Resulta llamativo que pocos autores precisen la duración de esta circunstancia, como si al jugar con la imprecisión del tiempo de reclusión del padre y del empleo y tareas del niño las situaciones de ambos resultasen más estremecedoras. Dickens no necesitaba ampararse en una biografía interesadamente imprecisa para denunciar la realidad, la suya y la de los demás. En cuanto a la ley de insolventes, resultaba literalmente estúpido meter en prisión a alguien por no poder pagar sus deudas, impidiéndole de tal manera que trabajase para poder hacerlo. En lo relativo al trabajo infantil y sus consecuencias de impacto psicológico en los niños, nadie mejor que David Copperfield, uno de sus personajes, alter ego de Dickens, el niño obrero que imploraba: “Yo no recibía ningún consejo, apoyo, consuelo, estímulo, asistencia de ningún tipo, de nadie que pudiera recordar, …cuánto deseaba ir al cielo”; mientras otro, un niño moribundo clamaba: “¡Madre…, entiérreme en campo abierto… donde quiera menos en estas horribles calles… que son las que han acabado conmigo!”. Otro de sus niños personajes, el popularizado por el cine Oliver Twist, protagonista de una novela social donde al contrario de sus homólogas continentales, digamos el Germinal de Zola, el autor mantiene al personaje en la niñez durante todo el relato, es precisamente quien denuncia desde la infancia la situación de los desheredados de la sociedad industrial, ladrones, usureros, prostitutas, especuladores.

   La suerte de Dickens cambió cuando, tras escolarizarse, pues su padre había remontado no por mucho tiempo su precaria situación económica, fue contratado como chico para todo en un despacho de abogados. Allí pudo observar las idas y venidas de escribientes y recadistas que tanto le servirían para describir esa franja social intermedia que calificaríamos de pobreza vergonzante tan bien recogida en Los papeles póstumos del Club Pickwick. Y, por fin, su empleo como cronista parlamentario y gacetillero del periódico Mirror of Parliament gracias a sus conocimientos de taquigrafía y… del que su tío era director y propietario. La familia, institución de la que Dickens tanto recelaba por propia experiencia, resultaba también ventajosa aunque fuera de vez en cuando. Imagínense un Dickens en el gallinero de un Parlamento maloliente, producto de los efluvios corporales de una ciudadanía que, según relató Winston Churchill en su Historia de los pueblos de habla inglesa, llevaba sin baños públicos desde que los romanos dejaron la isla, aromatizadas por el flujo de un Támesis mitad cloaca urbana, mitad contaminación residual del tráfico marítimo; un Parlamento donde se extendían sábanas con lejía para contrarrestar la pestilencia. Por lo demás, apenas iluminado. Voces inaudibles le llegaban del debate entre sus señorías allí abajo. Escasísima luz para escribir allí arriba. La taquigrafía le dio técnica para transcribir y su inconfundible, por económico, estilo literario. Dickens, cronista parlamentario, asiste al debate sobre la pena de muerte por ahorcamiento que los parlamentarios acaban aprobando para el delito de hurto famélico. Quienes roben para comer serán ahorcados. Dickens, periodista gacetillero, asistirá a las ejecuciones que en plaza pública, para ejemplificar, se llevan a cabo, mientras el gentío observa como si de un número truculento de espectáculo circense se tratara. El cronista periodista reformador (él mismo estaba en contra de la pena de muerte), en su crónica de una ejecución escribirá el mejor alegato que conozco contra la pena capital: “Resultó que mientras ahorcaban al ladrón observé que varios rateros aprovechaban la concentración de gente… ¡para robarles las carteras!”.

   Llegados a este punto del relato comienzo a percibir los murmullos de algunos lectores: “¡pero ¿a dónde quiere llegar?!, “¿no es el mismo Montero que predicaba comparar lo comparable? ¿Se puede comparar la Inglaterra del XIX con la Europa o el mundo del XXI? Pues más bien sí. Si de explotación infantil hablamos, y según datos de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), un 40% de los niños del mundo están trabajando en condiciones de cuasi esclavitud. Sin ir muy lejos, Inditex, matriz de Zara, ha sido recientemente acusada de emplear niños en su factoría del Brasil; Roberto Saviano cuenta lo mismo de las fábricas textiles clandestinas de la camorra napolitana. Las mafias del Este europeo emplean niños como carteristas y camellos de drogas. Si hablamos de prostitución, son más de medio millón las mujeres explotadas sexualmente en la Unión Europea. La prostitución es un fenómeno en relación inversamente proporcional con el empleo, a más empleo femenino menos prostitución. ¿Que no lo ven claro? Tomen el periódico de ayer y comparen los anuncios de oferta de trabajo para mujeres y los anuncios de oferta sexual. Les recomiendo que no vayan a otros periódicos, es aún peor. Si mencionamos la avaricia, basta simplemente repasar las actuaciones de Lehman Brothers y otros operadores financieros, su codicia obnubiló el entendimiento de los mercados y gobiernos. Por si fuera poco, cuando estalló la crisis han sido los llamados a solucionarla. ¿Nombres? De Guindos, ministro de Economía de España; Mario Draghi, presidente del Banco Central Europeo; Lucas Papademos, primer ministro de Grecia… Efectivamente, un siglo después de morir Dickens en Europa se abolió la pena de muerte. Pero sigue habiendo muertes que dan pena. Gran parte de los mayores y sus familias que creían asegurado su último tramo vital esperan inciertos los recortes en asistencia por dependencia. Los fallecidos en Centroeuropa por la ola de frío siberiano recién pasada son mayoritariamente ancianos que, limitados físicamente, no pudieron acarrear leña o carbón hasta sus estufas o chimeneas. ¿Hablamos del paro juvenil que alcanza ya el 40% en el Estado español? ¿O preferimos hablar del paro a secas que se dirige en Euskadi hacia el 15%?

   Hubo otro inglés, John Maynard Keynes, que prescribió las recetas económicas que nos sacaron de la crisis primero financiera, luego global de 1929. Se echa en falta alguien como él, sumidos como estamos en una constante prueba de acierto y error sobre qué medidas tomar: si recortar gastos para frenar el endeudamiento, si incentivar el empleo a base de refinanciar las empresas, si incentivar el consumo para impulsar la producción, si aprovechar la crisis para fortalecer el capitalismo, si fortalecer el poder estatal para frenar el creciente descontento. No sé cómo acabará todo esto, pero necesitaremos un Dickens que nos lo cuente. Lo suyo no fue solo literatura, fue vida contada.

Por Txema Montero, abogado. Publicado en Diario de Noticias

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